Por Ronald Álex Gamarra Herrera.
Hay un hombre que a lo largo de las muchas décadas de su vida, ha
permanecido leal a sus convicciones y a una profunda vocación de
servicio a los que nada tienen, con la idea de contribuir a una sociedad
mejor. Un utópico, se diría en el mundo pragmático y oportunista de
hoy. Un excéntrico, dirían los que miden el valor de una vida por el
éxito y el poder obtenidos. Un loquito, dirían al saber que no acumuló
riqueza ni comodidad personal.
Ese hombre cargado de años ha conservado el espíritu “joven para
siempre”, como quería Bob Dylan en una canción memorable. No lo han
abandonado la ilusión ni el optimismo, ni el ímpetu, ni la tenacidad. A
una edad en la que uno espera merecer deferencia y elogios por el camino
recorrido, él sigue buscando desafíos, proyectos, tareas. En su caso,
la madurez tiene el impulso de un eterno adolescente.