Como lector devoto de Unamuno, afición que se remonta a mis
años de adolescencia, subyugado especialmente por su San Manuel Bueno, mártir y
Vida de don Quijote y Sancho, por mencionar las dos obras que mayor impacto me
produjeron y sobre las que he vuelto y vuelvo con cierta frecuencia, no dejan
de extrañarme ciertas afirmaciones que aun en nuestros días continúan
vertiéndose acerca de la condición religiosa del escritor y filósofo español,
tanto si se planeta desde una perspectiva católica como protestante.
Yo mismo he dejado dicho y escrito en alguna conferencia y publicación lo siguiente: “Su aproximación [la de Unamuno] al protestantismo fue intensa y agitada, si se quiere muy próxima a lo que podríamos considerar como una conversión. Es de suponer que de haber vivido en otro contexto en el que ser protestante no hubiera supuesto un estigma tan lacerante, habría habido muchas posibilidades de que Unamuno terminara formalmente identificado con alguna de las iglesias protestantes”. Sin desdecirme en absoluto de lo dicho, sí debo matizar, como veremos más adelante, que la inestabilidad religiosa y emocional de Miguel de Unamuno difícilmente le hubiera permitido identificarse con la eclesiología protestante, aunque sí tal vez con una buena parte de su teología, como sin duda alguna ocurrió, si hacemos caso de sus propias manifestaciones.
Es evidente que Unamuno no solamente conocía extensamente el pensamiento teológico protestante más avanzado de la época, sino que era un asiduo lector y exegeta de los Evangelios. Lo que resulta más dudoso, siguiendo su obra, es que fuera un hombre de fe, tal y como esta idea pudiera ser definida desde la práctica eclesial de la Reforma; es decir, una fe serena, confiada.