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sábado, 5 de enero de 2013

Relato desconcertante “Dios escondido en la fragilidad humana”

 José Antonio Pagola

Ante Jesús se pueden adoptar actitudes muy diferentes. El relato de los magos nos habla de la reacción de tres grupos de personas. Unos paganos que lo buscan, guiados por la pequeña luz de una estrella. Los representantes de la religión del Templo, que permanecen indiferentes. El poderoso rey Herodes que solo ve en él un peligro (Mt 2, 1-12).

Los magos no pertenecen al pueblo elegido. No conocen al Dios vivo de Israel. Nada sabemos de su religión ni de su pueblo de origen. Solo que viven atentos al misterio que se encierra en el cosmos. Su corazón busca verdad.

En algún momento creen ver una pequeña luz que apunta hacia un Salvador. Necesitan saber quién es y dónde está. Rápidamente se ponen en camino. No conocen el itinerario preciso que han de seguir, pero en su interior arde la esperanza de encontrar una Luz para el mundo.

Su llegada a la ciudad santa de Jerusalén provoca el sobresalto general. Convocado por Herodes, se reúne el gran Consejo de “los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo”. Su actuación es decepcionante. Son los guardianes de la verdadera religión, pero no buscan la verdad. Representan al Dios del Templo, pero viven sordos a su llamada.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Hacer renacer la Navidad


Frei Betto

By Hedandi (Own work) [GFDL
 (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html)
 or CC-BY-SA-3.0-2.5-2.0-1.0
 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)],
 via Wikimedia Commons
En esta Navidad no quiero ese pavoroso intercambio de productos entre manos que no se abren en solidaridad, con pasión y cariño sin vergüenza. Quiero al Niño libre en lo más íntimo de mí mismo, sembrando ternura en todos los espacios en que las piedras sofocan a las flores.

En esta Navidad no me interesan las oscilaciones de los índices financieros, ni las promesas viciadas de los políticos, ni las tarjetas postales impresas a granel, llenas de colorido y carentes de originalidad. Quiero las evocaciones más tiernas: el olor del café colado en la mañana por mi abuela, el sonido de la campana de la iglesia, el radio Philco pregonando el jabón Eucalol mientras mi padre me miraba saltar por el patio.

No quiero las amarguras familiares que se guardan como polvo en los dobleces del alma, ni las envidias que me alienan de mí mismo, ni las ambiciones que me vuelven triste como las gallinas, que tienen alas y no vuelan. Quiero las rodillas dobladas en el atrio de la iglesia, la cabeza inclinada ante el Trascendente, la perplejidad de José ante la preñez imprevista de María.